domingo, 23 de marzo de 2014

Sorteo primer aniversario

Este es el resultado del sorteo de un ejemplar en papel de Los Ángeles de La Torre.



Por tanto, la ganadora es Almudena González, de Granada, que participa con el nº 8.

La novela en formato digital, se la lleva, "Desesperada", de México. Es la única participante fuera de España, por tanto no ha hecho falta sorteo.  

Felicidades a las dos.


***

Dentro de unos días mi Scriptorium cumple un año. Esta ha sido mi casa de las letras durante todo este tiempo, y he descubierto que disfruto tanto escribiendo entradas en el blog como desarrollando una historia de ficción.

Para celebrar nuestro primer año juntos, he decidido realizar el sorteo de un ejemplar físico de "Los Ángeles de La Torre", para los residentes en España, y dos ejemplares digitales para que los que viven en otros países tengan opción a participar.


Las bases son muy sencillas y solo son necesarios dos requisitos: ser seguidor del blog Scriptorium y dejar un comentario en esta entrada, dejando constancia de que se participa en el sorteo y el lugar de residencia.
A cada comentario se le asignará un número de participación.
Fechas: desde hoy, 23 de marzo, hasta el 5 de abril de 2014.
El sorteo se realizará utilizando la aplicación Random.org y el resultado se hará público en el blog el 6 de abril.
Si los ganadores no se ponen en contacto conmigo en los siguientes 3 días al fallo, se realizará un nuevo sorteo.


Mucha suerte. Os dejo con el book trailer de la novela.




martes, 11 de marzo de 2014

Era jueves, 11 de marzo

Una mañana más me despierto temprano.  Ya es de día y el cielo de Madrid, que pocas veces me sorprende, resplandece de un azul luminoso que promete caricias de sol. 
Aprovecho para desayunar antes de que mi pequeño pirata de dos años modifique el ritmo tranquilo del apartamento. Es once de marzo y me digo que tengo que felicitar a mi padre por su cumpleaños.
Mientras preparo unas rebanadas de pan con aceite, enciendo el televisor de la cocina.
La primera imagen consigue impactarme y despejar mi somnolencia; es un chico con el ojo desfigurado. 
Dejo de lado las rebanadas de pan y pongo atención a la noticia. Parece un accidente..., parece un accidente de tren..., parece un accidente de tren en Atocha...
Atocha... 
La primeras palabras llegan a mi cerebro a medias de procesar; bombas, tren, Atocha.
Siento un vértigo en el estómago; sé que Luis, mi marido, ha cogido un tren en Atocha a esa hora. También sé que toma siempre la misma línea de tren que acaba de estallar. 
En las noticias se habla de muchos muertos. Con los nervios de punta, busco el teléfono e intento llamarle. Pero es inútil, están colapsados. 
La impotencia se vuelve dolorosa. Sin comunicación telefónica es poco lo que puedo hacer, salvo tratar de mantener la calma. Tengo la esperanza de que él se encuentre bien y me llame. La incertidumbre comienza a provocar estragos: ¿Y si no llama? ¿Y si iba en uno de esos vagones? El número de muertos se incrementa drásticamente. Quiero apagar el televisor, pero no puedo. Pienso en lo que debo hacer si no suena el teléfono.
Al fin, una llamada.
La casualidad quiso que ese día Luis acompañara a sus padres a tomar otro tren que les llevaría a casa después de pasar unos días con nosotros. Los tres tomaron esa línea en Atocha, pero veinte minutos antes de que todo ocurriera. 
Cuando me llama, sus padres permanecen en el tren que les lleva de vuelta a casa. Se ha detenido a los pocos minutos de partir, y lo están inspeccionando.
Son momentos muy tensos, pensando que más trenes puedan saltar por los aires.
Después llamo a mi madre. Escucho el sonido familiar de su voz y no puedo hablar. Me echo a llorar sin decir una palabra. Fue el peor momento para liberar mi tensión porque le di un susto de muerte. 
Cuando logro controlarme, le pregunto si ha visto las noticias. Me dice que no. Le explico lo que ha pasado, con una congoja como pocas veces he sentido en mi vida.

***

Después vino la psicosis. Volver a subirse a un tren se hizo doloroso y aterrador. No me preocupaba cuando viajaba sola, no sufría por mí, pero cuando lo hacía con mi hijo no podía evitar volverme paranoica.
Recuerdo el silencio en el tren los días siguientes, las miradas de desconfianza, de tristeza, de vacío. Tantas personas muertas; niños, jóvenes, adultos...
Desde entonces, cada once de marzo siento ganas de llorar al recordarlo.

Pero aquel día de tragedia, en medio de tanto horror, los españoles demostramos nuestro lado más humano. Las muestras de solidaridad fueron tantas, los hospitales de campaña se abastecieron de la sangre de personas desinteresadas que querían colaborar, se repitieron actuaciones heroicas,  individuos anónimos arriesgaron sus vidas entrando a los trenes para rescatar a las víctimas cuando aún no se sabía si explotaría alguna bomba más.

Somos mejores de lo que creemos, a pesar de que la clase política nos tiente de forma subliminal a enfrentarnos bajo banderas de rancios ideales que solo les importan a ellos, porque ellos fueron los únicos que se portaron como verdaderas alimañas, utilizando el dolor y la tragedia para vilipendiarse los unos a los otros. 

Atocha se convirtió en un santuario. Era difícil transitar por allí sin que se te encogiera el corazón. Tantas velas, recordatorios, fotografías, cartas... 

Nunca olvidaré aquel jueves de marzo.




jueves, 6 de marzo de 2014

EL PESCADOR Y LA SIRENA

Mi nombre es Jonás y vivo en la costa de la Muerte. Hace cuatro años, el día de mi trigésimo tercer cumpleaños, decidí salir a pescar como tantas veces.  
Aquella mañana había conducido hasta la playa de Carnota. El sol estaba en lo más alto y me dije que tendría buena luz para pescar.
Me puse el traje de neopreno con la pericia que otorga la experiencia, ajusté los plomos a mi cintura, hinché la boya y cogí el fusil. Caminé hasta la orilla y, una vez en el agua, me puse las aletas. Escupí en el interior de las gafas, extendiendo a continuación la saliva por cada rincón de los cristales; no me gustaba que se empañaran justo cuando apuntaba a una presa. Até la cuerda de la boya al fusil y me ajusté las gafas.
Me lancé a nadar siguiendo las rocas de la costa. Mientras notaba cómo el agua fría penetraba con lentitud dentro del traje, iba pensando que al año siguiente me permitiría unas vacaciones en las Medas. No podría pescar pero las islas eran un paraíso para hacer submarinismo.

Nadé cien metros hasta llegar al lugar exacto. La profundidad variaba desde los cinco hasta los quince metros. Solo una vez había descendido tanto, siguiendo a una enorme lubina, pero el esfuerzo del ascenso, para tomar aire, había sido tan grande que a partir de ese día no perdía de vista el profundímetro de mi reloj de pulsera.

Llené de aire mis pulmones y me sumergí hasta el fondo. Allí permanecí a la espera.
Nada que mereciera la pena se cruzó en mi campo de visión, así que ascendí y repetí la operación con idéntico resultado.
Decidí entonces buscar entre las rocas. Un sargo picudo pasó a pocos metros, ofreciéndome destellos plateados. Sin perder un segundo, apunté con el fusil y esperé a que me diera el costado. Era un ejemplar grande, al menos de cincuenta centímetros, y pensé que sería un buen trofeo y una mejor cena. Casi a punto de disparar, el pez sacudió la aleta y cambió de rumbo. Maldije mi mala suerte, pero no me di por vencido. Resolví seguirlo hasta que volviera a ponerse a tiro; era demasiado grande para dejarlo escapar. Se escondió entre unas rocas, varios metros más abajo. Descendí hasta ellas y lo sorprendí de frente. Casi podía tocarlo con la mano, pero a tan corta distancia no podía disparar. Me eché hacia atrás para tomar distancia y apuntar. Entonces el pez aprovechó mi maniobra para huir.
Apenas me quedaba aire en los pulmones cuando noté un fuerte tirón en el fusil. No era posible que hubiera agotado los veinte metros de cuerda que me unían a la boya. Eché un rápido vistazo al profundímetro y me quedé horrorizado; había descendido demasiado. Me entró el pánico, pero conservé la calma porque sabía que el miedo era mi peor enemigo.

Solté el cinturón de plomos y abandoné el fusil. Después nadé en ascenso, a contrarreloj. Mientras subía a toda prisa solo tenía un pensamiento: aguantar hasta la superficie. La necesidad de tomar aire era tan imperiosa que por un momento estuve a punto de aspirar una bocanada de agua. Un poco más, me decía mientras la claridad sobre mi cabeza se hacía más poderosa. Un metro más...
Empecé a tener convulsiones y me di cuenta de que no lo lograría. Estaba tan cerca. El tiempo se ralentizó y mi mente se nubló por la falta de oxígeno.  
Fue entonces cuando la vi, a pesar del agua turbia que yo mismo había revuelto. Era una mujer. Mi mente confusa, al borde de la inconsciencia, la vio con nitidez. Me observó durante un segundo con la mirada más triste que había visto jamás. ¿Estaba delirando? ¿Me estaba muriendo? Ayúdame, le imploré con el pensamiento. Percibí que me empujaban hacia arriba, tan rápido que en un instante mi cabeza asomó a la superficie. Primero tosí y expulsé el agua que, inevitablemente, había invadido mis pulmones, después respiré con urgencia y desesperación.

Cuando me recuperé, me di cuenta de lo que había sucedido. Busqué a mi salvadora para darle las gracias, pero no la encontré. Sumergí la cabeza y busqué dentro del agua. Allí no había nadie.
Pese al extraño suceso me repuse pronto y nadé hasta la boya, tiré de la cuerda y rescaté el fusil.

Cuando llegué a casa no pude dejar de pensar en lo ocurrido. ¿Habrían sido imaginaciones mías? ¿Era posible que mi mente se hubiera confundido hasta tal punto? Mientras rememoraba una y otra vez lo que había pasado, metí el equipo en la bañera y lo aclaré con abundante agua dulce. Lamentaba haber perdido los plomos, pero no habría logrado el ascenso con esa carga.
El susto todavía me latía en las venas cuando me acosté. Traté de recordar la visión de aquella mujer. En mi cabeza aún permanecía intacta la imagen de su rostro hermoso enmarcado por una melena oscura que ondeaba en el mar.
Estaba tan obsesionado que al día siguiente se lo conté a un amigo. Me dijo, con media sonrisa, que habría sufrido una narcosis de nitrógeno. Me sorprendió su comentario, y tuve que jurarle que jamás había pescado con botella. No solo por miedo a la sanción, sino porque no tenía ningún mérito.

Entonces te habrá salvado la sirena me dijo, soltando una carcajada.

Volví a casa obsesionado con resolver aquel enigma. Mi amigo, entre bromas, me habló de antiguas leyendas que aseguraban que una sirena habitaba esta costa. Sentí tanta curiosidad que encendí el ordenador y busqué más información.
Y esto fue lo que encontré:

«Lúa era una muchacha nacida de noble cuna. Alegre y bondadosa, vivía en la casa señorial que dominaba desde la altura a la pequeña aldea de Banzos, en la costa de la Muerte. Desde niña disfrutaba deambulando entre los pescadores del pueblo, le gustaba observar a los hombres descargar el pescado y a las mujeres y los niños mientras disponían los aparejos. Fue así como conoció a Rodrigo, al que ella llamaba con afecto Roi. Él le enseñó a preparar las nasas y los aparejos, y juntos pasaban las horas muertas observando las mareas y contando las olas. Sus sentimientos fueron creciendo, a la par que ellos, y se enamoraron con la fuerza invulnerable de la adolescencia. Sin embargo, los jóvenes mantuvieron su amor en secreto, pues ambos sabían que lo suyo era un amor imposible. Pasaron los años y, cansados de esconderse, confesaron a sus familias su deseo de casarse. El padre de Lúa se negó a entregar a su única hija a un marinero pobre, y la encerró hasta que recapacitara. Un año después, viendo que la joven languidecía y enfermaba, el hombre se apiadó y la liberó del cautiverio, accediendo a que tomara por esposo al joven pescador. Ella recobró pronto las fuerzas y buscó a su amado, mas en la aldea le dijeron que había salido a pescar esa mañana. Lúa lo esperó en la orilla, hasta que la oscuridad de la noche cubrió de sombras el cielo.
Volvió al día siguiente,  y al otro, y así durante varios meses. Sus amigos pescadores, con gran pesar, le aconsejaron que volviera a casa porque él no regresaría. Pero ella no se rindió. Cada mañana al amanecer y antes del ocaso recorría los acantilados, oteando el horizonte.
Una tarde, el mar embravecido expulsó a tierra los restos de una barca. Así, Lúa comprendió.
Al día siguiente, cerca de la medianoche, se dirigió a los acantilados por última vez. 
Jamás regresó a casa.
Desde entonces, cuentan que Lúa busca a Roi en las profundidades del océano, y en su vagar incansable ayuda a los marineros en dificultades».

A menudo vuelvo al mismo lugar donde la vi. Ya no pesco, busco a Lúa con el mismo anhelo que ella busca a su amor perdido. A veces, desciendo demasiado y pongo mi vida en peligro.
En ese estado, cercano a la inconsciencia, la veo aparecer.
Ayer, por primera vez, vi que sonreía.